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Es difícil expresar por escrito todo lo que he aprendido estando en Calcuta, y más aún, todo lo que he sentido. Sé que aún no he vivido lo suficiente, pero he tenido muchas experiencias que han ido cambiando mi perspectiva del mundo, y Calcuta ha sido una de ellas. Mi forma de ver a los indios y a los pobres ha cambiado radicalmente desde que llegué a la India hasta que me fui. Las primeras semanas sentía lástima por ellos, sobre todo cuando reconocía potencial en muchos de ellos. Me imaginaba cómo podría cambiar la vida de uno si tuviese la oportunidad de ir a la universidad y conseguir un trabajo acorde a su capacidad. Me imaginaba cómo mejoraría su vida si tuviese un hogar fijo, una casa limpia y seguridad. Y en los peores casos, me imaginaba como cambiaría su vida si de repente tuviesen una familia, amigos y una persona a su lado. Pobreza y desgracias hay en todo el mundo, pero estamos hablando de la India, con 1,252 miles de millones de habitantes, altos niveles de pobreza, analfabetismo, pandemias, malnutrición y constantes violaciones de los derechos de las mujeres.

Me dolía ver tanto talento desperdiciado, y sentía una impotencia enorme de no poder hacer algo inmediatamente por todos y cada uno de ellos.

En el colegio de la ONG Vida, Nirmal Niketan, estuve trabajando con 25 niños con diferentes problemas. Los fui conociendo, y al poco tiempo estaba enamorada de tres niños sordos. Usando las manos y las expresiones de la cara nos entendíamos perfectamente. Creo que me enamoré de ellos porque eran TAN inteligentes… y sentía un deseo enorme de hacer algo con todo ese potencial. Desde pequeña he intentado explotar mi potencial al máximo y aprovechar las cualidades que Dios me ha dado. Me dolía ver tanto talento desperdiciado, y sentía una impotencia enorme de no poder hacer algo inmediatamente por todos y cada uno de ellos. La educación que le dan en el cole es muy básica, y yo quería más para ellos.

Sin embargo, Calcuta es un lugar donde hay que pararse a pensar. Son demasiadas las emociones que aparecen diariamente. Las emociones nos ayudan a identificar diferentes aspectos de las situaciones que estamos viviendo, que pueden pasar desapercibidos para nuestra consciencia. Nos permiten conocernos mejor a nosotros mismos y nos ayudan a relacionarnos mejor con las personas que nos rodean, potenciando la empatía. Este momento de pararse a pensar era mi favorito del día. A las 6 de la tarde teníamos adoración en Mother House, y ahí teníamos la oportunidad de hablar con Dios y reflexionar sobre todo lo que hemos vivido ese día. Las experiencias son mucho más intensas si encuentras el momento de analizarlas. Ha sido ahí en la capilla, donde poco a poco dejé de sentir lástima por los enfermos, o los pobres, o los niños del cole… fue ahí donde empecé a darme cuenta que la ayuda que ellos reciben de nosotros (los voluntarios) es más que suficiente. Que desgraciadamente a mí me parece poco, pero a ellos no. Es difícil de creer que para una persona que está sola en Kalighat, una conversación todos los días con algún voluntario equivale a una relación intíma para mí con alguien muy especial. Y que una cama y un sitio seguro donde no pueden hacerles daño, equivale a mi casa para mí. Mientras no conozcan mi nivel de vida, no lo van a necesitar nunca. En la capilla aprendí a envidiarles porque de alguna manera los “afortunados” como yo estamos condenados y encontraremos siempre más cosas de qué preocuparnos, cuando ellos no se preocupan prácticamente de nada. No me lo han dicho todos, pero su sonrisa de oreja a oreja todos los días sí. Seguramente esto es algo que ya habréis oído antes: en los países pobres el nivel de felicidad es muchísimo más alto que en los países desarrollados. Pero de verdad que no es lo mismo saberlo, que verlo y sentirlo. Es una lección de vida. Es un viaje en el que das y recibes en el mismo grado. Incluso me atrevería a decir que recibes más de lo que das.

El motor de las Misioneras de la Caridad son sus voluntarios, sin ellos no se podría realizar el trabajo que hay que hacer diariamente en todos los centros.

Hay que conocer bien la cultura y la situación concreta de cada uno para saber realmente qué tipo de ayuda necesitan, y casi siempre descubrirás en la India, que con poco que hagas ya son felices, y que darles más podría ser perjudicial para ellos. Esto va dirigido sobre todo a las personas que creen que no van a aportar nada yendo unas semanas a un país tan grande y con un problema tan gordo. El motor de las Misioneras de la Caridad son sus voluntarios, sin ellos no se podría realizar el trabajo que hay que hacer diariamente en todos los centros, trabajo que les da calidad de vida a los pobres. Hay muchísimos centros de la Madre Teresa, y un número de voluntarios por centro. Cuando unos se van entran nuevos, formando una cadena que nunca se rompe porque en algún momento, en algún lugar del mundo, alguien decide irse de voluntariado a Calcuta. Esto es un milagro y una prueba de que Dios existe.

Podría hablar días y días de todas las cosas que te encontrarás en Calcuta; como las Sisters, personas que te harán pensar demasiado simplemente observándolas… o los voluntarios que vienen solos, valientes y con una historia preciosa por detrás… o los indios, tan peculiares y tan diferentes… las risas y carcajadas te acompañan todo el viaje porque te enfrentas a una cultura muy diferente. Es un viaje único y que te crea un vínculo para siempre.

Tere Galnares Milano
Voluntaria de VIS Foundation