Aterrizamos en el aeropuerto internacional de Dar es Salaam, en Tanzania, a primera hora de la tarde. Algunos poníamos el pie en África por primera vez y el estado del único aeropuerto internacional en un país de más de 12 millones de habitantes y más de 26.000 kilómetros cuadrados era una buena imagen para comprender la situación actual del Este de África. El aeropuerto es una estructura de los años 60, vieja y desvencijada. Tanzania es un país extenso, pobre y tranquilo. Tranquilo porque, al contrario que la mayoría de los países de su alrededor, ha tenido siempre una situación interna pacífica y una convivencia serena. Pero eso no ha impedido que, como a sus vecinos, le esté costando crecer económicamente, y sus infraestructuras están atrasadas y resultan insuficientes para el aumento de población del país.

Después de varias horas de coche y atascos interminables, llegamos al complejo Città della Gioia (La ciudad de la Alegría, en italiano). El Padre Fulgencio, un anciano pasionista, había intentado repetidamente que su congregación lo destinara a Tanzania a trabajar como misionero con los pobres, a quienes ayudaba durante sus períodos de descanso durante el verano. Pero no fue hasta que, ya anciano, le diagnosticaron un cáncer incurable cuando su congregación le dio permiso para ir a Tanzania a trabajar el tiempo que le quedara. “Baba” (papá, en suajili) Fulgenzio, como le llaman cariñosamente los niños, lleva ya 15 años en Tanzania para asombro de muchos, y sigue peleando día a día por los niños y los necesitados de la comunidad. Al poco de llegar, decidió fundar un orfanato para los niños cuyos padres morían de VIH. Para ello, el Gobierno le exigía convertirse en tutor legal de esos niños. Y así lo hizo. Actualmente, es el tutor legal de 95 niños y niñas que viven en su orfanato, y el número sigue creciendo ya que el Gobierno de Tanzania, incapaz de hacer frente a todos los casos de orfandad que encuentra en un país con una esperanza de vida de solo 67 años, a menudo le pide que asuma la tutela (y con ella, el mantenimiento y la educación) de más niños. Y además del orfanato, el centro acoge a otros 1.200 niños que acuden diariamente a la escuela, provenientes de ambientes necesitados, y tiene varias instalaciones que se han ido construyendo con gran esfuerzo, como comedores, un pabellón, dormitorios, campos de juego, etc. El Baba fundó una congregación de religiosas tanzanas (las Mamás de los Huérfanos) que actualmente cuenta con casi 30 hermanas además de un centenar de aspirantes, y que ayudan con la educación de los niños y la gestión del orfanato.

Nos dimos cuenta que sentían un profundo cariño por el Baba Fulgenzio, y que éste les había inculcado un fuerte sentimiento de agradecimiento y el deseo de estudiar con intensidad para aprender mucho y, de mayores, poder ayudar a otros niños y a su país.

Por la mañana del primer día pudimos visitar todas las instalaciones, particularmente las destinadas al cuidado de los niños (habitaciones, zonas de juego, comedores, baños…) pero también las de la escuela, desde las guarderías hasta las aulas de secundaria, así como las zonas comunes y de juego de la escuela. Aunque en todas las instalaciones es evidente la escasez de recursos con que cuentan, también se percibe, en el orden y la limpieza que reinan en todas partes, el cariño y la dedicación de quienes están al cuidado de los niños. Más tarde el ‘Baba’ nos llevó a visitar las cocinas, y en particular una parte de ella que se ha abierto a la calle y en la cual se venden al pueblo pan, bollos y algunos dulces. Esperan que con el tiempo esta actividad pueda crecer y sirva no sólo para financiar el crecimiento de la institución, sino también para ofrecer a los jóvenes la posibilidad de aprender un oficio que pueda brindarles mejores perspectivas laborales. Durante todo el día estuvimos rodeados de los niños del orfanato, que iban y venían y nos trataban de explicar, un poco con gestos y otro poco en inglés (segunda lengua oficial de Tanzania tras el suajili) cómo era su casa y cómo se desarrollaba su día a día.

Al día siguiente tuvimos la oportunidad de hablar más tiempo con los niños. Les preguntamos sobre su vida en la Città della Gioia, sobre el futuro que esperaban, sobre su formación académica… Nos dimos cuenta que sentían un profundo cariño por el Baba Fulgenzio, y que éste les había inculcado un fuerte sentimiento de agradecimiento y el deseo de estudiar con intensidad para aprender mucho y, de mayores, poder ayudar a otros niños y a su país.

También aprovechamos para dar una vuelta por los alrededores, una zona de suburbios a unos 20 km del centro de la capital. Nada más salir del lugar, en la carretera, se suceden tiendas, bazares y pequeños negocios de todo tipo, desde talleres hasta tiendas de telefonía móvil (sorprendentemente esta zona de África es líder mundial de pago desde móvil, ya que la inmensa mayoría de la población no tiene recursos y por tanto tienen vetado el acceso al sistema bancario tradicional). La carretera es un caótico ir y venir de gente y de vehículos, y acompañados por Nicola, un cooperante italiano que pasa varios meses al año ayudando al Baba, nos dimos cuenta, por las sonrisas y saludos cariñosos que nos brindaban, de que los vecinos sentían aprecio por lo que el centro hacía por la comunidad. Porque este tipo de instituciones no solo benefician a los niños o los jóvenes de forma directa, sino que indirectamente repercute en una mejora para todos los que están alrededor.

En los apenas 2 días que pudimos pasar allí, aprendimos mucho, disfrutamos de la compañía de una gente extraordinaria, y comprendimos la importancia que tiene este proyecto para miles de personas. Conocimos de primera mano la necesidad de afecto y compañía que tienen unos niños que lo han perdido todo, que se han quedado solos y cuyo futuro, sin un centro como la Città della Gioia, sería incierto y peligroso. Pudimos también descubrir cómo para ellos cualquier pequeño gesto, desde una sonrisa hasta una pequeña ayuda de cualquier tipo, significa muchísimo más de lo que imaginamos; para alguien que depende completamente de los demás, encontrar en los demás comprensión y cariño es lo más maravilloso que le puede suceder.

En VIS ayudamos a la Città della Gioia y seguiremos haciéndolo: el Baba decidió recientemente abrir un centro similar en una comunidad cercana, a unos 50km, a la que han bautizado como Città della Luce (Ciudad de la Luz). Allí han podido levantar algunas estructuras, y desde VIS Foundation les estamos ayudando para amueblar las aulas, terminar de pintar y decorar el centro y otros trabajos en las instalaciones para que pueda abrirse y empezar a ayudar a la comunidad cuanto antes.

Abandonamos Tanzania con una sonrisa, pero con gran tristeza y ganas de volver. Nos ha conmovido la situación de necesidad en la que se encuentran tantas personas, tantos niños, y cómo a pesar de las dificultades saben salir adelante, seguir sonriendo y seguir luchando para sobrevivir y, tal vez, lograr construir un mundo mejor.